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De cómo he llegado viva a Filipinas y más

Gente, esto es como la India.

He pensado mucho en cómo empezar, en cómo explicaros por qué vuelvo a estar aquí, detrás de una pantalla y un teclado, si contaros que esto es el caos, la desorganización, el ruido, la suciedad y el estrés, si deciros que llevo tres días y me han pasado más cosas de las que puedo recordar, y… eh, un momento, esto ya lo había escrito antes… ¡esto ya me ha pasado! Sí, esto es la India. Ya está, nada más que decir, volved a releerme desde el principio y sabréis cómo estoy.

No, venga, va, no me voy a poner a exagerar y no quiero crear dramas. Al fin y al cabo, han pasado cinco (ohmygod, cinco) años y soy más feliz, más fuerte, más atrevida y más experimentada que antes. Así que esto podrá ser como la India, pero no va a superarme. Es más, os lo voy a contar todo para que veáis cómo no solo no me supera, si no que me voy a comer las Filipinas con patatas. Ea.

Empezaré por el principio, y me voy a dejar mil cosas en el tintero, pero las recuperaré con el tiempo, esto no va a acabar aquí.

El principio coincide, claramente, con el final de mi etapa anterior. Dejé Tailandia sin haber dormido y con toda la pena que puede una tener después de tres años fantásticos de felicidad, armonía, facilidad y amistades preciosas (de esto, de todo lo que le debo a Tailandia, también os hablo otro día).

Y los problemas empezaron, si no habían empezado antes ya, en el aeropuerto. Porque por muy español que seas, y por mucho que te creas viajando allí a las colonias, que son tuyas por derecho de sangre, a ellos no les parece oportuno que vayas tú a trabajar, y no, no te van a dar un visado. Así que una, que va de guay porque tiene un lectorado, viajaba con un pasaporte de servicio, que es el pasaporte oficial que te dan cuando molas y quieres pasar fronteras sin que nadie te pregunte. Pero llámalo filipinos o llámalo tailandeses (el concurso al espabilado del año lo hacemos en otra ocasión, también, si queréis), allí en el aeropuerto nadie había visto el documento azul en la vida, y que yo de allí no salía sin un vuelito de escape del país. Uno. El que fuera. Que tuve que comprar como en las pelis pero con más mala leche, a una hora del despegue y con unos franceses delante en la cola intentando que los de AirAsia les devolvieran noséqué dinero de noséqué retraso, ja, ja, ja, novatos. Cartera en mano: “dame el vuelo más barato que tengas, el día más barato, al destino más barato, de aquí a un mes”. “¿Qué día?” “No me importa” “¿A Kuala Lumpur está bien?” “O a la Conchinchina, me da igual” “Prefiere el de las 3 o el de las 7” “Señora, no voy a coger ese vuelo, ya se lo he explicado” “De acuerdo, le repito la información: suvuelosaldráeld” “Señoraaaa, que voy tarde, por Buda...”.

Llegué al avión en tiempo récord, con mucho más equipaje del permitido (y una mochila que se me rompió corriendo por el aeropuerto, como digo, muy de película) y un humor fantástico. Tres horas después estaba en Manila, taxi y al hotel.

Amanece Manila al día siguiente y, oh, sorpresa, me habían contestado de la embajada, por fin, que sí, que me pase por la mañana por allí. El nivel de estrés que esto me ha supuesto solo lo conocen mis allegados, y lo de plantarme en un país sin que nadie me haya dado señales de vida antes no lo voy a entender ni yo, pero ahí vamos.

Así que voy caminando apaciblemente por la ciudad, que en vez de tener pasos por encima de la carretera, como en Bangkok, los tiene por debajo, que da bastante más miedo, pero los tienen muy decorados y muy bonicos. Y consigo reunirme con una filipina encantadora que me habla de la sorpresa general ante mi llegada (no sé si me creeréis, pero juro haber mandado tropecientos emails antes de aparecer, si hubiera sido adrede me hubiera informado de cuándo era su cumpleaños), me arregla algunos papeles, me da algunos contactos, y me manda a pasear hasta la tarde. Que es cuando consigo reunirme con una de las personas que se encarga de mí, y me reitera que no sabían nada de mi llegada, y además está enfadado porque nadie se lo ha contado, porque nadie ha arreglado nada de mi estancia, porque no han ido a buscarme al aeropuerto, porque no sé nada de la universidad, porque no me contestan a los emails, porque hace calor, porque tiene una inauguración de una exposición luego. Está muy enfadado en general pero es muy majo, hablamos de proyectos, de vida, de todo lo que depositan en mí, las cosas. Y esto me tranquiliza bastante, no lo puedo negar, alguien sabe que existo y eso es bonito.

El final del día va bien, porque me acogen los becarios de la embajada y un compañero lector y me voy con ellos de cervezas, que todo el mundo sabe que se arregla muy bien la jornada así. Y, oh, casualidades de la vida, en el restaurante nos encontramos con su vecina, una americana que estuvo viviendo un año en Cebu y que vuela al día siguiente para allá, como yo, y ha quedado con sus amigos de allí para tomar algo y “por supuesto, vente, te dejo mi número”.

Al día siguiente me fui a inscribir en la embajada, pero con mi pasaporte de gente que se mola no te dejan hacer el chanchullo, así que me obligaron a ser registrada como residente. Me han quitado la ciudadanía charra. Mis raíces. Mi vida. Voy a tener que cambiar el hornazo por el arroz. Matadme. (Leed este último párrafo así como con tono dramático y desesperado. Que ya sé que luego te puedes cambiar otra vez, pero es mi momento).

Después de esto, y por el cargo de conciencia que he creado, me llevan en coche al aeropuerto. Y todo es bonito. Hasta que me dicen que no es esa la terminal en la que tengo que estar. Y que para ir a otra hay que coger un bus que recorre media ciudad. Y no sé si alguien os ha contado algo del tráfico de Manila, no sé, googleadlo.

Así que tardo una hora desde mi supuesta feliz llegada al aeropuerto hasta la real. Calculad todos que yo había calculado las horas como cualquier persona normal lo hubiera hecho. Vamos, que no iba con una hora de antelación a la antelación con la que te adelantas normalmente. Que perdía el vuelo, vaya. Así que llegué corriendo, facturación cerrada, la mochila abierta, déjenme pasar (mi vida es una película, pero de las malas) y no, llevas sobrepeso por todos lados, qué me va a contar a mí, señora, es que me mudo, a mí no me cuentes tu vida, paga. Bueno, no me arruiné, pero mi dignidad se vio un poco afectada. Sobrepesos. A mí. Que he colado kilos en todas las compañías del mundo. Que si lo sé cuelo la maleta de 35 kilos como equipaje de mano. Esto no, a mí así no.

Bueno, que entré. Y que no llegué tarde, no. No, porque el vuelo se había retrasado una hora. Hasta me dio tiempo a comer. Porque luego lo retrasaron otra hora, hasta me pude comer un donuts. Y ya embarcamos. Y dentro del avión, ya todos sentados, se retrasó una hora más. Porque sí, me lo habían dicho y no quise creerles. Los vuelos en Filipinas nunca salen a la hora. Ni a las dos horas, por lo que se ve.

Al aeropuerto en Cebú sí me vinieron a buscar. Me habían alojado ellos en un hotel, cerquita de la universidad. Modesto, me dijeron. La traducción literal es que tiene cucarachas y que las toallas tienen agujeros. Que no te dan papel higiénico. Que jamás lo hubieras elegido tú, de haberlo buscado. Pero una se adapta a todo y oye, con que haya wifi vamos tirando.

Y al día siguiente, para no andar perdiendo tiempo, a la universidad. Un lugar curioso, la universidad. Bueno, curiosa la gente, porque soy la primera y única guiri de la zona, y me miran que dan ganas de extender un brazo y decir: “toca, toca, ¡que soy de verdad!” Y soy presentada oficialmente ante gente que ya no sé cómo se llama, y me prometen que me van a hacer papeles, que a lo mejor me pagan, que esta va a ser tu mesa pero que como vamos a estar todos aquí hablando igual te vas a volver loca y entonces te subes a este despacho solo para ti, que este es el decano, este el secretario, este el jefe de noséqué, esta la profe de nosécuál. Así, muchas cosas.

Y a partir de aquí no diferencio los momentos. Expongo mi necesidad de salir del hotel de lujo e irme a vivir a un sitio. Ponen al cargo al otro profesor de español (el único que habla el idioma, por lo que se ve… esto me intriga, dado que hay como otros cinco profes) que se convierte en mi sombra, y hemos estado desde entonces en búsqueda y captura. Primero nos ayudó una chica que se va a vivir a Ávila, después la profesora de chino, que como tiene raíces también tiene negocios, y nos enseña los pisos que alquila para sacarse unas pelas extra, que son cuchitriles en los que quiero morir, pero ella muy correcta me explica dónde puedo sacar dinero, comer e ir a la iglesia cerca. Sí, me ha explicado dónde ir a la iglesia, porque hay que ir a la iglesia, porque la gente va a la iglesia. Y no he podido decirle que es que yo no tenía intención de ir. ¡No he podido!

Así que seguimos buscando. Y la mejor opción es alquilar un piso sin muebles y comprarlos. Sin muebles nivel no tener aire acondicionado pero sí el agujero para ponerlo en la pared, que o lo cierras con plásticos o tienes una ventana extra, que da a la calle, ventilación sí o sí (ideal para monzones y tifones, supongo).

Os voy a ahorrar mucho tiempo, que además ya me estoy enrollando, y me salto a la parte en la que he encontrado un sitio con al menos cama, armario y aire acondicionado. Ya he comprado lo típico de la supervivencia (que esta vez incluye sábanas y fregona, ¿veis cómo he mejorado?) y hoy os estoy escribiendo desde el piso de enfrente, porque en el mío no va la ducha y ya cuando me la arreglen me cambio. Dos días, me han dicho [risas en lata, aquí]. Permanezcan atentos a sus pantallas.

Por lo demás, es un piso enano, en el que no voy a poder alojaros (pero, spoiler, tampoco vais a querer venir a verme aquí), pero me sirve para dormir y vivir de momento, y está en una zona tranquila, con guardias en las entradas, con un supermercado cerca en el que la gente me mira MUCHO cuando compro cosas, y un sitio para hacer zumba.

Y el dato que os va a gustar lo dejo para el final. El agente del piso se llama Carlos, de apellido Antonio, y su abuelo es español. Quiere que montemos un negocio de clases en la zona común del edificio, que está formada por varias salas, una de las cuales es un karaoke. El dueño del piso, sin embargo, tiene antecedentes americanos y vive en la casa de al lado de mi edificio, pero su suegra, que vive con él, está aprendiendo español porque ve las telenovelas en la televisión por cable y está deseando conocerme. No creo que tarde mucho en pasarse por aquí.

Tengo muchísimas cosas más que contaros, pero muchísimas, de la vida, historia y costumbres filipinas. Y fotos, que soy consciente de que no os lo he dado todo. Pero hoy no quiero aburrir más. Este es un resumido informe de lo que no he podido ir contándoos a todos los que me habéis preguntado de uno en uno porque el internet escasea y he pateado hasta la infinidad estos días, sin tiempo para escribir, guasapear, emailear u otras maneras de contactar.

Así que vuelvo a este medio de comunicación, completamente voluntario y sin compromiso, para haceros llegar mis aventuras, que calculo que no van a ser pocas, e informaros de lo bueno y lo malo que tenga que venir.

¿Sensaciones hasta la fecha? Estoy bien, no pletórica, no rebosante de felicidad y energía, pero bien. No hay de qué preocuparse. Es viernes por la noche y os estoy escribiendo para no subirme por las paredes pensando en que debería estar bailando salsa como cada viernes de mi anterior vida, pero todo cambiará, todo irá como debe ir, y aún es pronto para dramas.

Gracias a todos los que habéis preguntado, perdón por no haber podido contactar más, y a partir de ahora, por aquí nos vemos.


Más y mejor, pronto.



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De cómo sobrevivir en una escala el aeropuerto de Doha y más

Llovía el monzón de agosto del año pasado cuando mis amigas menos espabiladas decidieron venir a visitarme a Tailandia, país de las sonrisas y las playas paradisíacas. De todo lo que nos pasó hablaremos en otra ocasión, lo que hoy me trae por aquí es que por circunstancias ajenas a la organización del viaje y con todo el dolor de mi corazón, no pude acompañarlas en el vuelo de ida (venida) como habíamos acordado y tuve que dejarlas a su suerte, embarcando y escalando por los aeropuertos del mundo. Como todas teníamos miedo de que acabaran en algún sitio entre la tierra habitable y la que no, les hice una guía para que no se me perdieran por los aeropuertos, y les fue de gran ayuda porque llegaron sanas y salvas.

Esta semana, mi madre, que aunque ya casi es bilingüe y no tiene nada que temer pero le falta la seguridad que le da a una el ponerse en situación, viene también a verme, siguiendo la misma ruta que mis amigas. Aprovechando esta oportunidad de hacerme famosa que me brinda el destino ya por segunda vez, y asumiendo que de momento no voy a abrir la mejor agencia de viajes en Bangkok, me conformo con publicar esa guía para todos los que alguna vez se han sentido perdidos, desconcertados, abandonados en cualquier aeropuerto del mundo, más concretamente en cualquier ruta que pase por Doha (pero aplicable a los demás, más o menos). Espero que os sea de ayuda.

Nota de la autora: Publico la guía como la hice la primera vez, sin cambios relevantes, así que está personalizada y dedicada a aquellas primeras amigas. Su aplicación al individuo en necesidad o difusión para las personas poco espabiladas del mundo la tiene que hacer cada uno por su cuenta.

GUÍA PARA SOBREVIVIR EN LOS AEROPUERTOS DEL MUNDO (especialmente en la ruta Madrid-Bangkok con Qatar, escala en Doha)


Hola corazones,

Aquí va una guía básica para no perdérseme por los aeropuertos del mundo. Bueno, por los de Doha. O Barajas. Bueno, ¡¡para que me lleguéis sanas y salvas a las vacaciones más chachis del añoooo!!

Lo primero que hay que hacer es engañar a la gente del check in como ya os dije para que os dejen meter todos los kilos de queso que me lleváis, eso es básico. [En este caso fue queso, se aplica también al vino, jamón, chocolate y otros manjares que podéis traerme. Preguntadme antes de venir]

Os van a dar dos billetitos en una funda amarilla, en uno pone Madrid-Doha y en el otro Doha-Bangkok. Son una cosa así:



Coged el primero para lo próximo y el segundo guardadlo con cuidadito hasta próximo aviso.

Una vez abandonada la maleta, que ya os dan en el destino, buscáis la puerta de embarque, dejáis el bolso para que os miren si tenéis bombas (no llevéis, mejor) y seguís palante.

A mí me han dado la puerta S20. Es probable que a vosotras os den otra pero casi seguro que es la misma zona, así que vamos a hacerlo como si tuvierais la misma.

Tenéis que seguir todo el rato las indicaciones de S, que está en verde. Así:


Y siguiendo esas señales tendréis que bajar o subir numerosas escaleras.

Llegáis a una especie de parada de tren. Os esperáis a que llegue y os montáis. 



Sólo hay una parada. Cero errores.

Después os bajáis y seguís las mismas señales, que os llevan a un control en el que vais a tener que enseñar el pasaporte y la tarjeta de embarque.


 

Y, una vez superado esto, seguís con las señales verdes de la S hasta que llegáis al Duty Free:



Que tú dices "ya está, ya me perdí" pero nooo, es todo una estrategia para que os lo compréis todo. Esto es opcional. Vosotras entrad ahí y seguid las mismas señales sin saliros del camino de baldosas blancas:


¡¡Ya estáis muy cerca!! Ahora hemos llegado a la zona S. Y hay que escoger puerta. Depende del número ya vais vosotras donde debáis. 


Yo como tenía la 20 he ido a esa. Y tiene esta pinta, pero seguro que la vuestra de le parece:




Si queréis hacer un pis, [introducir aquí el nombre de la amiga más meona], seguid estas señales:

 


¡¡Qué bien lo hemos hecho!!

Ahora esperad a que llegue el avión y os montáis. Va a ser exactamente así:




Disfruten de su vuelo, vean unas pelis y tómense unos vinos, que están de vacaciones.

Y dormid, por dios, que luego me llegáis hechas pena.



Y empezamos la segunda parte.

Ya estáis en Doha, ¡¡yujuuu!! Espero que hayáis mirado por la ventana para ver el surrealismo profundo del país, que es un oasis de mentira en medio del desierto.

Al bajar, seguid a la gente, que va siguiendo las señales de "transfer". Yo no he cogido bus, y no creo que a vosotras os haga falta, pero en caso de cogerlo, os tenéis que bajar en la parada amarilla, que será donde se baje todo el mundo, de todas formas.

Y cuando ya empecéis a ver jaleo, lo primero (después del pis) es buscar una pantalla de estas:



Ahí buscad Bangkok, y no desesperéis porque por alguna razón va cambiando muy rápido, pero se repite.

Buscad Bangkok o el número de vuelo, pero no la hora que pone en el billete, porque en el billete pone la de embarque y en la pantalla la de salida, que suele ser una hora más tarde, así que vosotras concentraos en destino y  número, mejor. 

 

Mi puerta era la C1, supongo yo que a vosotras os tocará una C también. Está bien porque es justo a donde llegáis, así que sólo tenéis que caminar un poco siguiendo las señales.



Yo tardé como 3 minutos.

Veréis que el aeropuerto de Qatar es inmenso, mucho más grande que barajas, y hay muchas cosas que hacer si os aburrís, como conectaros a internet:


Jugar en los columpios:



O haceros selfies con cosas surrealistas:



(Con esa cara vais a salir, además)

Luego la puerta de embarque es más o menos como todas:




¡¡Bien facilico!!

Cuando empiezan a llamar a la gente no es para entrar en el avión, es para entrar a la sala de espera. Ahí os sentáis según la zona que tenéis escrita en el billete:


Porque luego para entrar en el avión van llamando por zonas. Ahí tenéis que estar atentas porque os lo van a decir hablado, no lo pone en ningún sitio, pero que si os sentáis bien en la sala de espera pues tenéis que entrar cuando entre la gente que está sentada con vosotras.

¡Y ya está! Mismo procedimiento de antes: a dormir. También os darán aquí el papelito para presentar luego, es mejor que lo dejéis ya escrito. Donde pone visado, no tenéis que poner nada, eso lo rellenan ellos. [A los lectores de este blog no os voy a dar mi dirección en público, si queréis me preguntáis ;) ]



¡Ahora estáis en bangkok! ¡Bieeeeen!

Lo primero es bajarse del avión. Por la puerta. Y en seguida ya veis las señales de inmigración, que son azules, y son las que tenéis que seguir:



Después, cuando lleguéis, tenéis que ir a las ventanillas de foreign passport:


Os tocará esperar mucha cola, es la primera prueba de paciencia del país de las sonrisas. Cuando os toque, dais el pasaporte, el papel del avión y sonreís para la foto, que da igual porque vais a salir mal, que nadie sale bien en esa foto.

Os devolverán el pasaporte y la parte en blanco que no habíais rellenado antes del papel ese. Si tenéis suerte y no os lo grapan al pasaporte, no podéis perderla, porque la necesitáis para salir. Como ellos lo saben, normalmente la grapan para ver si ya que están te pueden dejar las hojas llenas de agujeritos.

Vale, ahora a por las maletas. Buscad en los paneles en que cinta están las que vienen de Doha.

 


Vais palla y esperáis a que salgan. La mía ha sido la 14:


Y cuando ya las tengáis, esto es muy importante, id a la salida B:


Y de ahí, salen dos caminos. Coged EL DE LA DERECHA:


Salís a un sitio en el que hay una historia para alquilar coches, un banco morado, y entre medias un montón de gente con cartelitos. 


Ahí no dejan pasar a la gente común, así que yo voy a estar haciendo señas y saltando detrás de los de los cartelitos.

Si por lo que sea me retraso o no me veis, seguid hacia adelante por el camino de la derecha, todo recto, hasta que llegáis al meeting point,



Que está al lado de un 7-eleven, la tienda por excelencia en Tailandia


Así que si todo ha fallado nos vemos ahí. Pero no debería haber fallado nada.


¡¡Y ya está!! Espero que todo esté claro, pero si no, preguntadme lo que sea antes de empezar, a ver si os puedo ayudar.

Y... ¡¡Nos vemos en nada!!



A vosotros también espero veros pronto, queridos lectores, y espero que os haya servido esta entrada, para vosotros y vuestros amigos y familiares que se pierden o entran en pánico en los viajes que cruzan charcos. ¡Buen viaje!

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De años nuevos chinos y más


Año del caballo
Este año, el año nuevo chino ha caído en 31 de enero. Digo esto porque cada año cae en un día diferente, que sé yo que no lo sabíais. Y es el año del caballo (que también hay un año para cada animal, y vosotros sois un animal, también. Yo soy un buey, que es muy feo pero os encanta saberlo).

Aquí las celebraciones han durado tres días. No me quiero imaginar en China. Pero es que lo que les pasa a los tailandeses es que como la tercera parte tiene raíces en el país del norte, celebran sus festividades. Y el año nuevo occidental también. Y luego ellos tienen otro año nuevo propio en abril. No saben nada, estos tailandeses.

Como nosotros a la hora de celebrar culturas diferentes no tenemos ningún problema, elegimos el mismo día 31 para pasarnos por el barrio chino, cuya calle principal estaba cerrada para la ocasión, a ver qué se cocía.

Farolillos por doquier
Llegamos en un taxi que nos intenta timar, porque si  juntas a más de dos extranjeros en un taxi es intento de timo asegurado, y promesas de atascos aunque la zona esté despejada, pero negociamos un buen precio y allí nos dejó, según lo planeado.

La festividad china se celebra como todas las que hemos visto aquí hasta la fecha: comida en restaurantes, comida en puestos en la calle, comida ambulante. Comida, comida, comida. Gente, gente, gente. Todos vestidos de rojo, porque aunque es el color de “los malos” en las manifestaciones, los pobres chinos tienen derecho a vestirse de su color por sus fiestas, y así hacen. Así que nos sorprende la marea roja que nos rodea, más que nada porque hace tres meses que el color está secretamente prohibido y nadie lo lleva por la calle.

Al parecer, lo que hay que hacer es recorrer la calle arriba y abajo, comprar algo para comer, o zumos, o dulces. Observar los farolillos y decoraciones que han puesto por la causa. Hacernos fotos con cabezudos que nos dan barquitos de oro a cambio de monedas de un bath que hay que meter en una hucha.


Cosas que se venden
Cabezudos y chinas
A decir verdad, nosotros queríamos ver dragones, porque ¿qué se espera del año nuevo chino, si no son dragones? Pero no había. Hasta que nos dimos cuenta de que poco a poco la gente empezaba a hacer pasillo y se sentaba a los laterales de la calle, como niños que esperan la cabalgata de reyes. Inmediatamente pensamos que efectivamente, los dragones vendrían a modo de pasacalles, así que nos hicimos hueco al lado de una mujer que parecía que estaba pidiendo pero luego vendía cosas y un guiri alemán que tampoco tenía mucha idea de lo que hacía. Escucho a una chica decir que el asunto empieza a las 7 y como faltaban 15 minutos nos aposentamos y dejamos pasar la vida.
Calle despejada y preparada

Poco a poco la calle se despeja, pasan los barrenderos para dejarla bien limpia, luego algunos policías. Se oye música a lo lejos, ya viene, ya viene. Pasan muchos policías, un montón de ellos, seguidos de un coche. Inmediatamente después, tres coches más pero descubiertos, no llegan a carrozas pero tampoco son un coche estándar, llenos de gente vestida de rojo dentro. Algunos aplauden. Una vez que pasa el último de estos coches, como por arte de magia, empiezan a montar puestos y mercadillos detrás de ellos. Ni rastro de dragones.

Anonadados, disgustados y un poco con ganas de matar preguntamos a una pareja de suizos que se nos han sentado detrás, y el hombre nos dice que acaba de pasar la princesa, la mismísima hija del rey, y que nada de cabalgatas, que era para eso para lo que habíamos esperado media hora.

El enfado crece y decidimos salir del lugar, que, por otro lado, no tiene más que ofrecer y todas las tiendas están cerradas (que viene a ser la gracia del barrio chino, las tiendas). Pero la gente nos arrolla, el número de personas de rojo aumenta por segundos, el agobio es inimaginable. Callejeamos y llegamos a la puerta de entrada al mundo chino, que está algo más despejada, y salimos de allí por el lateral del templo más importante. Dentro del templo se oyen tambores. Parece que se mueve algo de colores. ¡¡Ahí están!! ¡¡Ahora sí!! Corremos como locos, no nos da tiempo ni a sacar las cámaras, y los vemos, dos dragones, uno amarillo y otro blanco, preparados para dar una vuelta entre las millones de personas, pero como están saliendo nosotros los vemos en primera fila, emocionados, extasiados, misión cumplida.

Los dragones

 Así que vamos a nuestra calle favorita a darnos un buen masaje tailandés y cenar en un indio, sin hacer honores ya a los chinos, pero habiendo cumplido.

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De papá, el norte, las navidades y más

Llegó papá sano y salvo, esta vez. Lo que pasa es que no sé a dónde llegó, porque yo estuve esperando dos horas en el aeropuerto, puerta de salidas, y él no pasó por allí. Así que cuando ya comenzaba a sospechar que le habían retenido de nuevo por tráfico de cerdo navideño me empecé a plantear comentárselo a los de la aduana, porque el teléfono no le funcionaba, y fue entonces cuando recibí una llamada de una chica que decía llamarse Arancha y tener a mi padre entero aunque un poco asustado en el único 7eleven de la zona. Y era verdad, allí estaba. Alegre porque todo había ido bien, pero venido abajo porque siempre tiene que pasar algo malo, en sus palabras, que “mi hija no haya venido a buscarme”. Esto puedo jurar que es mentira, que yo estaba. El caso es que llegó y que hizo amigos, y que el vuelo directo es una apuesta segura, y que nos fuimos a casa en taxi como unos señores a que él pasara el jet lag.

Le duró bastante, eso sí, pero tuvo tiempo de hacer la revisión de la casa (que en esta ocasión no dura mucho, porque es bastante enana) y recolocarme los muebles para tener un 50% más de espacio. También compró una batidora e ingredientes para el primero de los millones de gazpachos que van a caer a partir de ahora y sacó de la maleta los ya acostumbrados 15 kilos de productos cárnicos y lácteos de la tierra, aparte de unos ricos manjares navideños y sábanas que, insisto, aquí no hay pero, recalco, no las uso, tampoco.

Eso fue el domingo, y yo el lunes y el martes tenía clase. El lunes, que sé que estáis todos interesados, aparte de trabajar, me hicieron el permiso de trabajo, solo tres meses después de que llegara y casi rozando la ilegalidad, porque el visado se me acababa a los cuatro días, y también me extendieron el visado, así que soy legal hasta marzo. Mientras tanto, en la línea de cosas que tenían menos urgencia pero a Canica (que así se llama la chica que nos hace el papeleo a los guiris de la universidad) le apetecía más hacer, me han conseguido una tarjeta de profe tai y un seguro médico, o eso he deducido yo de las dos tarjetas con mi cara rodeada de caracteres raros que me han dado.

Comiendo con mis compis
El martes llevé a mi padre a la universidad, para que la viera y conociera a mis alumnos. Les dio clase a dos de los grupos, a los que obligamos a hacerle preguntas. Que en qué trabajaba, que de qué equipo era, que por qué tenía una hija tan guapa, así es de pelota mi único alumno heterosexual, que no esperaba que mi padre le dijera que al ser tan guapo él mismo yo tenía que salir así. Después comimos con mis compañeros de trabajo y les llevamos polvorones, aunque a uno de ellos no le gustan. Eso no preocupó tanto a mi padre como que al chaval no le gustara el jamón, eso aún no le deja dormir por las noches.


Y llega lo emocionante. El día de Navidad (total, qué más da) que yo pedí libre porque, de lo contrario, hubiera trabajado como cualquier otro día, nos fuimos a Chiang Mai. Es la ciudad más importante del norte de Tailandia, la segunda más importante del país.

Para ir puedes coger un tren de 12 horas, o un avión de una. No hace falta decir cuál es la opción más económica, pero como estamos que lo tiramos, escogimos el método aéreo. Aunque no siempre es lo más seguro, sobre todo si vas con mi padre, al que por supuesto detuvieron una vez más, alegando haber visto tijeras en su equipaje de mano. Que no, no las habían visto, pero que sí, sí las llevaba, así que las tiró y salvamos ese obstáculo con todo el disgusto que tiene el pobre hombre por su cara de delincuente.

Llegamos al hotel sin más incidentes y, olvidando qué día era, más bien guiados por el hambre, comimos en el primer restaurante de la calle, más bien cutrillo, y poco navideño. Y nos fuimos a pasear un poco la ciudad. Las calles pequeñas y llenas de gente con puestos de comida, de ropa, de objetos tallados en madera, de piedras, de pulseras, de… todo, hacen que la ciudad sea acogedora, más amable que la caótica Bangkok, y graciosa para perderse por calles (es totalmente cuadrada, así que antes o después siempre acabas llegando al canal, imposible perderse). Mi padre, aún así, no está tranquilo y empieza a repetir lo que después serían las dos frases más comunes del viaje: “cuidado, Ana, que aquí vienen por el otro lado” (incapaz de entender por qué los coches circulan al revés, o que yo eso ya lo domino) y “mira a ver éste qué dice” (cuando la gente intenta venderle cualquier cosa).

Extraño grupo navideño
Quedamos para cenar, ahora ya sí, con Arancha (la que venía desde España y consiguió encontrarnos a mi padre y a mí), su novio, una tailandesa y un irlandés. No sé si muy navideño, porque yo cené curry, pero muy entretenido. Además de que siempre gusta juntarse con gente que echa de menos las mismas cosas que tú, aunque solo sea por decirnos los unos a los otros que qué pena da lo de echar de menos a gente, por compartir que eso se hace más grande en Navidad, o bueno, por echarse una cerveza entre gente maja, que siempre es una buena razón para salir a cenar.


En el bar
Después de eso nos animamos a ir a un bar algo alejado del restaurante. Éramos seis y ellos tenían dos motos. Haced cuentas para haceros una imagen de lo que pasó. Mi padre y yo fuimos en la moto con el irlandés, todos juntitos y agarraditos, jugándonos la vida (poco, realmente) entre las calles de la ciudad, hasta que él, muy atento, dijo que mejor nos bajáramos en la última calle que iba a meterse por dirección contraria. Y así lo hizo. El bar era un sitio con encanto vintage, vamos, que se caía a cachos y las cucarachas correteaban tranquilas por él, y por desagradable que eso pudiera parecer, todo lo contrario, nos tomamos unas cervezas escuchando a un fantástico grupo de jazz (o no) de los miles que tocan en directo en el local, como nos dijeron, pero que pese a su calidad no se iban a hacer famosos, como tantos otros, como también nos dijeron.

Al día siguiente nos fuimos a recorrer las calles del centro siguiendo la ruta que marca la Lonely Planet, según la cual puedes visitar los templos más importantes de los más de 100 que hay en toda la zona de dentro del canal. No sé cuántos vimos de los 100, yo creo que 99. Y la gran verdad es que visto uno, queridos amigos, vistos todos. A mi padre le decepciona la cantidad de escayola usada y se indigna ante tanto dorado, echa de menos las catedrales europeas y un poco de piedra tallada, en vez de tanto yeso pintado. Cierto es que no hay mucho trabajo detrás de cada templo, pero hay que verlos desde otro punto de vista incomparable. Arquitectónicamente no son muy valiosos, artísticamente no consiguen ni realismo ni detalles profundos, pero cada buda es más original (no he dicho bonito, ojo) que el anterior, cada personaje de sus jardines le da más gracia, y cada elemento los hace más horteras e irreverentes a los ojos de cada católico que se rodea de magnificencia cristiana. Aquí no hay miedo, hay alegría, bondad, despreocupación, flores, velas, inciensos, colores, dorados, dragones, dioses protectores, budas bondadosos… Es otra cultura, es otra religión, es otra manera de ver el mundo.


Templos...

...budas...




...monjes...




 ... y elementos extraños




Restaurante mono
Para comer, y porque nos lo merecíamos, fuimos a un restaurante a la orilla del río que habíamos visto el día anterior en el paseo. Un sitio fantástico en el que nos pusimos las botas con una ensalada aliñada a lo occidental y una hamburguesa de las de verdad, con queso y todo.  Y tras el merecido descanso visitamos por primera vez, que no sería en absoluto la última, el mercado nocturno. Obligatorio en todas las ciudades tailandesas, las calles que por las mañanas parecen dormidas o de resaca se convierten por la noche en un hervidero de guiris tostados intentando regatear hasta el último bath de los tailandeses sonrientes que ponen sus tenderetes y que te pueden vender a su madre siempre y cuando le pongas una cifra, sabiendo que por mucho que intentes bajar el precio siempre van a salir ganando ellos. El de Chiang Mai, en concreto, es gigante y ocupa una larga calle con sus callejuelas laterales. Y mi padre, que tiene tantas ganas de comprar como de ver bullir aquello, se lleva todo lo que él cree que le puede caber en el equipaje de mano. El objeto de la noche, un reloj que 15 minutos después de adquirido no funcionaba. Volvimos allí donde lo habíamos adquirido, para que el chiquillo (no tailandés, y dominando sus palabrillas básicas de español) le cambiara la pila. Todo entre risas y sonrisas.  Cenamos mejillones y gambas, que viva el marisco.

Al día siguiente habíamos contratado una excursión al norte, a la provincia de Chiang Rai, con varios puntos importantes para los turistas. La realidad es que fue una paliza en furgoneta, poco recomendable para hacerla en un día solo, y evitable en la medida de lo posible. Pero efectivamente, algunas cosas vimos.

La primera parada era un templo completamente blanco, alegoría del cielo, al que se llegaba por un camino ascendente con manos elevadas hacia ti, representado el infierno. Sus árboles con sus calaveras, sus predators saliendo del suelo, sus dragones malignos… lo tenía todo, el infierno. Y al llegar al cielo entrabas en el templo, en el que no se podían hacer fotos, y era un templo normal, con su buda y sus nubes dibujadas por las paredes, no tendría nada de especial de no ser por dos muros (está en construcción aún) en los que se pueden ver mezclados con el resto de dibujos a Harry  Potter, Superman, Spiderman, Neo el de Matrix, Michael Jackson, Elvis Presley, un minion, las torres gemelas (una cayendo, la otra entera con un avión aproximándose), algunos soldados de la Guerra de las Galaxias y otras lindeces que probablemente no entendí por no ser lo suficientemente friki. La mayor pena: que no dejaran hacer fotos, porque la cosa no tenía desperdicio. Y claro, así lo difícil es tomarse en serio una religión tan cachonda. Pero bien pensado, a estas alturas… ¿qué religión no tiene sus cosillas cachondas que dificultan la fe? Salimos de allí totalmente convencidos de que era aquello un templo para reírse de sí mismos o para tentar, a ver hasta dónde podían llegar a rezar sin plantearse nada más. Se aceptan opiniones.
Fumar mal, infierno

Predator
Las manos del infierno


Templo cielo
Yo creo que ese el Jack el Destripador

Esto no sé si era bueno o malo


Triángulo de oro
La siguiente parada, subiendo subiendo subiendo hacia el norte, era el río que hace frontera con Laos y Myanmar (la antigua Birmania). Allí nos ofertaron un barco desde el que podías ver los casinos de los otros países (no hay casinos en Tailandia), parar en Laos, comprar platas y güisquis con serpiente dentro, y que te pusieran un sellito en el pasaporte. Pasamos del asunto nosotros y nos fuimos a ver un buda dorado grandote que tenían subido a un barco de mentirijillas, custodiado por elefantes falsos también, y llegar hasta el triángulo dorado, donde se ve la frontera perfectamente sin dejar de pisar tierra.

Y de ahí a comer en un buffet, donde nos hicimos amigos de unos italianos que se habían hecho con la botella de la que os hablaba y creo que es necesario que veáis.





El poblado
Después paramos en uno de los poblados en los que se encuentran las mujeres jirafa (que hay que pagar extra y no quisimos hacerlo, porque a mí me da como penilla y no quiero verlo) y que dicen que se mantienen intactos, como eran antes. Poblados de gente birmana que cruzó la frontera con la invasión inglesa y que ahora no pueden regresar a su país, pero tampoco pueden entrar en Tailandia, y les han dejado allí un cachito de montaña para que estén, y además poder explotarles llevando allí a turistas cada 10 minutos y dejándoles vender sus cachivaches para ganarse la comida, en casas en las que difícilmente viven y claramente no mantienen nada de lo que fue en su día. No sabría decir si tuvimos la sensación de que fue un timo o más una pérdida de tiempo. Desde luego, no mereció la pena.

Más budas
Al día siguiente nos despertamos con ganas de tomárnoslo de relajación. Subimos a Doi Sutep, el templo en la montaña, muy famoso en Chiang Mai. Como pillamos fin de semana aquello estaba hasta la bandera de turismo interno, millones de tailandeses que habían llegado hasta allí para rezar a sus budas y hacerse sus fotitos de postureo delante de las construcciones doradas. Nada más especial que el resto de templos, quizá un buda verde que tienen y la gran escalera guardada por sendos dragones a modo de pasamanos, que sería bastante más bonita si no estuviera abarrotada de gente. Hay que ir en días de diario a esto.


Las escaleras


Comimos, atentos, esto es importante, en el Burguer King. Porque mi padre quería probar la comida de los mercadillos, en la que habíamos divisado un costillar a la parrilla con una pinta increíble, pero, ay, amigos, no hay pan en Tailandia. Y mi padre, sin pan, no se come un costillar, claro que no. Así que echamos un buen rato tratando de encontrar un sitio donde nos vendieran, aunque fuera, un poco de pan de molde pero el hambre llevó a la prisa y, por primera vez en su vida, mi padre decidió que nos íbamos a comer una hamburguesa, que él no lo había hecho nunca. Esto ha pasado.

La cena
Al llegar al hotel el reloj que había comprado el día anterior ya no funcionaba. Se ve que no era la pila. Pero habíamos reservado para ir a una cena tailandesa del norte así que no pudimos hacer la excursión diaria al mercado nocturno. Nos vinieron a buscar y nos dejaron en un restaurante llenísimo de gente, nos dieron una mesa (nos ofrecieron comer en el suelo pero mi padre no está para esos trotes) y nos pusieron de primero una sopa, y después una bandeja gigante con cuenquitos pequeños llenos de las delicias de la tierra, acompañado todo con arroz y una cerveza local. Increíblemente bueno todo, con sus picantes y sus no picantes, dimos buena cuenta de todo lo que pudimos y dejamos que nos rellenaran los cuencos alguna que otra vez. Mientras tanto, seis chicas hacían sus bailes regionales, tranquilos y armoniosos, nada de desenfreno o movimiento de caderas. Perfectamente maquilladas y vestidas, completamente sincronizadas, las seis movían sus manos al compás de las flautas, andaban un poquito, movían la cabeza, todo muy calmado y pausado. Entre medias un chico salió a bailar con unas espadas, y eso sí que intranquilizaba un poco más. Recomendable esta experiencia al 100%. Una vez acabado el show te podías hacer fotos con las chiquillas, que sonreían mientras por dentro recordaban a todos tus muertos. Y la segunda parte del espectáculo se desarrollaba en una especie de teatro (romano, de esos redondos y con gradas, pero de madera, no piensen en el Coliseo), eran los bailes de los poblados birmanos anteriormente mencionados, y ahí ya hombres y mujeres se agarraban de las manos y daban vueltas en círculos, nada de sonrisas o de belleza tranquila. Pero show must go on.



Las chiquillas de los dedos


El de las espadas


Para vuestra tranquilidad, que sé que os he dejado con el alma en un puño, antes de volver al hotel pasamos a decirle cuatro cosas al relojero, que cambió el estropeado por un reloj nuevo que funciona hasta la fecha, podéis volver a respirar.

Nosotros y una cascada
La última excursión contratada era hasta la montaña en la que está el pico más alto de Tailandia. Viaje largo pero considerablemente menos cansado que el anterior, se desarrolló completamente en el parque nacional que es la montaña en sí. Las paradas en el camino eran preciosas cascadas en medio de la naturaleza salvaje, intacta, asombrosa. Rodeados de árboles llegamos hasta el susodicho punto más alto, lleno hasta los topes también (no viajéis en fin de semana, os lo tengo dicho), por una carretera empinada y llena de curvas por la que nuestro conductor no tenía ningún problema en aumentar la velocidad y ponerse a adelantar a pesar de las líneas continuas amarillas que indicaban todo lo contrario. Con bastante alivio por poder caminar y dejar al zumbado de la furgoneta atrás llegamos hasta el cartel donde ponía los metros a los que nos encontrábamos, y los grados que había hecho aquella mañana (2 grados, a las 6 de la mañana) en un termómetro junto al que la gente se hacía fotos. No les culpamos, eso es frío, pero nosotros no le dimos gran importancia, nos fuimos a pasear entre la vegetación. Y en el punto más alto dos pagodas, una para el rey, otra para la reina, indignación de mi señor padre una vez más porque se les estaban cayendo los cristalitos de adorno, porque esto no es serio, porque vaya decoración, porque las cosas aquí se hacen sin pensar en que permanezcan. Los jardines y las vistas, sin embargo, muy bonitos.



Cascadas y arco iris, muy bucólico todo




Muchos metros


Volvimos comentando lo buenas que son las carreteras en este país, ante la sorpresa de mi padre, que lo que recuerda de la zona eran las guerras que les explicaban en clase que había por aquí y las películas con señores amarillos del Vietnam pegándose tiros. Yo pensaba mucho en Forrest Gump, pero es cierto que hasta que él no lo mencionó no había caído en que, efectivamente, para cuánta gente Asia es eso que les contaban o que veían en libros, sin que nadie les fuera a decir que un día las fronteras del mundo se abrirían y un pasaje de avión les acercaría fácilmente a esos lugares que parecían tan exóticos e inalcanzables.
El último día fue para relajarnos, tomar cafés, hacer las últimas compras y ver cómo podían caber en las mochilas, y, por supuesto, darnos un buen masaje de pies (ya nos habíamos dado uno en el mercado nocturno, pero un poco malillo), que a pesar de que mi padre se mostraba reticente al principio, le cogió bien el gusto.

Cosas de palacio
Y la vuelta a Bangkok dio para poco. Nochevieja la pasamos en un restaurante español que se fue un poco de precio si tenemos en cuenta la calidad, y año nuevo en el Gran Palacio, visita obligada que no se recomienda en días festivos, por estar tan abarrotada como los templos de Chiang Mai. Mi padre, ya caso perdido ante las construcciones tailandesas, comenta que los bonsáis es lo que más le ha gustado de la impresionante edificación y remata con un “mi casa de la Alberca vale más que este palacio”. Deberían felicitar formalmente a los albañiles de la Sierra y darles unos títulos o unos dineros.

Y, por supuesto, compramos. Compramos en el mercado nocturno, compramos en el MBK (abrigos North Face a 50 euros, señoras, me los quitan de las manos), compramos en el súper de abajo, compramos a unos señores que vimos por la calle, compramos en Kao San Road. Si conoces a mi padre y no te ha tocado nada estas navidades pregúntale, porque algo te ha llevado seguro. No os digo más, que le admitían 20 kilos en la maleta de vuelta y se fue con 27. Por cierto, si queréis viajar cómodamente y no tenéis problemas de dinero, Thai Airways tiene vuelos directos de Madrid a Bangkok (que están de oferta, muuuuy baratos entre enero y marzo), y les da igual cuánto peso lleves de más en la maleta.



Así que se fue. Sin problemas ni al despegar ni al aterrizar, debe haber roto la maldición. Y me dejó sola y triste, como solo dejan las visitas que llenan tanto una casa pequeña, pero no solo por el espacio físico, sino por todo lo demás. Una vez más, los Reyes no son los mil regalos, han sido 15 días fantásticos de poder compartir cada momento extraño, de tener alguien con quien estar, de hacer de mi casa pequeña para una sola, un hogar.

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