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De Coorg y más.

El día de la República nos lo dieron libre (con intento frustrado de quedar a comer, porque la jefa opina que el único día que quiere vernos es el que libramos) y nosotras cogimos la tarde anterior por nuestra cuenta (con llamada posterior y bronca).

Montaña en Coorg
Un alumno de Ana, que se ha hecho amiguito nuestro, decidió que el único sitio al que se puede ir en un día era Coorg, así que nos montó en el coche y allá fuimos. El viaje es peligroso, como de costumbre, pero además dura 5 horas, en las que vimos la muerte acercarse en forma de adelantamientos a excesiva velocidad, focos que vienen directos hacia nosotros por un carril equivocado y carreteras con demasiados agujeros. Llegamos de noche y, como él prometió, nada más entrar en el estado bajó las ventanas del coche. Estamos en medio de un bosque de árboles gigantes y me llega un aire limpio que abre mis intoxicados pulmones y un viento fresco que devuelve las sensaciones a mi piel. Me traslado a cualquier verano en Asturias o en la misma sierra charra en la que se agradece la chaqueta y sentirse vivo, agradezco recordar lo que era el frío (el fresquillo, porque frío tampoco hace). Escucho el silencio. Creo  haber cambiado de país. Quiero cambiar de país.

En lo alto de la montaña
Disfruto de la última parte del viaje con exagerada emoción y cuando bajo del coche estoy mareada. Él asegura que es normal, que hacía mucho que no respirábamos aire sin contaminar y estamos más arriba de lo normal. Nos lleva a cenar a un resort en el que merece la pena dejarse unas buenas rupias, y envidiamos la vida feliz de los occidentales con tiempo y dinero. Y nos comemos su buffet.

De allí a su casa. Él vive en Bangalore pero su familia tiene (muchas) tierras allí, en las que cultivan, entre otras cosas, café. Nos muestra el proceso cafetero completo y la auténtica casa de pueblo, recuerdo mis veranos libre y salvaje en Castrejón. Soy todo nostalgias. Y rematamos con un parchís previo a las nueve horas del sueño más maravilloso que he tenido desde que estoy aquí: sin ruido, luz, insectos calor o frío.

Por la mañana, los criados nos dan desayuno no picante (a petición), probamos el famoso café (que luego nos regalaría) y nos dirigimos a una montaña, posesión de la familia también, a coronar la zona. El camino, en coche, me impresiona por la limpieza natural, las casas humildes y coloreadas, la gente sonriente y ocupada. Sospecho que la pobreza la dan las ciudades, que aquí no existe porque hay trabajo para todos y juntos cuidan su naturaleza, que es lo que les da de comer. No hay basura, no hay contaminación, ni ruidos, ni intentos de vender cualquier cosa, ni malas miradas o rechazo. No pueden haber nacido en el mismo país que yo conocía, parece increíble.

La paella y la sangría más caras de la historia
Llegamos a su montaña y subimos para ver, efectivamente, cómo un estado gigante y verde se extiende a nuestros pies, e intentamos calcular cuánto tiempo tardarán en acabar con este tesoro. Aunque, según nos explica, los coorgies, orgullosos de su casta y su tierra, lo mantienen a salvo, puro e intacto. Disfrutamos del paseo, me encanta volver a sentir la tierra y la libertad, camino y pienso en silencio. Admiro un país que no me dejan conocer y que me sorprende cada vez que doy un paso. Recuerdo haber tomado la decisión de llegar hasta aquí así, recorriendo montañas en silencio en Julio, y no me resulta nada difícil aclarar de nuevo mis ideas y elegir la nueva dirección de mi camino. Adoro las grandes ciudades pero no me pueden quitar la posibilidad de escape.

Y volvemos a Bangalore cerrando las ventanas al atravesar la frontera, entristeciéndonos por el camino.

La vuelta al trabajo no es excesivamente dura, porque un día de parón no hace perder el ritmo. Ni siquiera nos da tiempo a eso. Y las horas de clase aumentan a la velocidad a la que disminuyen nuestros derechos.


Anas famosas
Aún así, entre horas y horas de trabajo, intentamos no venirnos abajo. Y hemos tenido días de morir en el sofá, pero también nos hemos obligado a levantar el culo. Hemos ido a fiestas de extranjeros asustados por indios desfasados en las que nos hemos reencontrado con españoles conocidos que habían dejado de llamarnos, etiquetándonos de rancias por trabajar los domingos, y hemos hecho las paces robándole en micro al organizador para marcarnos un Clavelitos todos a una. Hemos sido invitadas a ver las carreras de caballos después de comer en el club más pijo de la ciudad y hemos salido fotografiadas en los periódicos más importantes de la zona, siendo luego reconocidas en restaurantes, clases y otros eventos. Hemos bebido cerveza gratis a la salud (o viviendo de las rentas) de mi padre, que invitó un día a unos chilenos que quisieron devolvernos el favor. Hemos salido a cualquier sitio y encontrado gente conocida, sospechando que o tenemos una vida social admirable o nos movemos por donde debemos. Nos hemos tomado la paella y la sangría más caras de la historia mientras escuchábamos a Fito en un restaurante que nos ha hecho dudar de dónde estábamos. Hemos recibido y despedido amigos casi el mismo día y no hemos vuelto a tener noticias de su paradero. Hemos ido al cine en hindi para comprobar que no hay que entender los diálogos para seguir el argumento y que a ellos tampoco les entusiasma, porque hablan por teléfono, gritan, se ríen… y nunca nada que ver con lo que está pasando en la película. Hemos rogado por un puente para salir de aquí (denegado), hemos suplicado por dos domingos libres al mes (ni hablar), llorado por un domingo (ya si eso os digo). Hemos criticado, sufrido, despotricado, desesperado. Hemos decidido. Hemos soñado planes.

Y ahora seguimos adelante, con la vista puesta en el final. Cansadas, muy cansadas, pero disfrutando cada paso, que es lo que sí depende de nosotras.





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2 cerca de veras!:

Isabel dijo...

Madre mía, qué poquito me van a durar mis Anas: ya lo estoy viendo, que para cuando vuelva de mis vacaciones estaréis en alguna playa en Tailandia. Bueno, como os deseo lo mejor, por primera vez le he hecho clic al "vuélvete a casa ya": lo importante es que te sientas en armonía contigo misma y aquí, en Bangalore, veo que por muchos factores no puedes conseguirlo...

La niña del mar dijo...

he estado a punto de darle a vuelvete ya, pero sigue sin ser mi estilo, aunque he de decir que la noticia me alegró el día de ayer, tengo muuuuchas ganas de verte! aprovecha lo que te quede para ver rincones tan bonitos como éste, seguro que sabes buscar lo bonito en medio del caos ;)
adelante siempre, valiente!!!

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